martes, 17 de octubre de 2017

El buenista equidistante: la cuestión catalana

En una revista de carácter cultural como es Amanece Metrópolis, resulta un tanto díscolo titular este artículo con una palabra aun no reconocida por el diccionario de la RAE. «Buenista», es un término utilizado desde la óptica liberal de manera despectiva contra todas aquellas personas que creen que a través del diálogo o la solidaridad pueden resolverse buena parte de los problemas que aquejan hoy en día a la humanidad. De hecho, fueron en principio las ONG las más atacadas con el término del mismo modo que son enjuiciadas tan dura y exageradamente cuando alguno de sus miembros comete un acto ilícito o resulta poco acorde con los fines de la organización a la que pertenece.

Hasta ahora no había querido escribir de manera explícita acerca de la cuestión catalana, entre otras cosas porque día sí y otro también la inmensa mayoría de los medios de comunicación de toda índole se vienen despachando masivamente al respecto. Eso sin entrar ya en las especulaciones y demás dimes y diretes de los que aparecen en las redes sociales, que en numerosas ocasiones resultan incendiarios, fuera de tono, sin el más mínimo rigor, descontextualizados y que en definitiva tienen por finalidad el enardecimiento de las masas. Pero tengo que ser consciente que mi desempeño en esta revista es el de la crónica política y no me queda otro remedio que echar a rodar unas líneas en relación a todo extraordinario despropósito en el que se ha convertido dicha cuestión...

lunes, 2 de octubre de 2017

Patrias y banderas

Recuerdo mis últimos años de instituto, cuando me planteaba la disquisición de creer o no creer. Por aquellos entonces, en los estertores del franquismo, un sacerdote que profesaba la asignatura de religión, con los ojos casi fuera de sus orbitas voz en grito, nos señalaba a algunos acusándonos de ¡demócratas! Más tarde tuve otro que sin embargo era un cura estupendo y con el que mantuve “sesudos” debates  acerca de mis dudas existenciales. Cuando la conversación llegaba a un extremo, aquel buen hombre atiborrado por tantas preguntas y aserciones sin la más mínima prueba empírica, no le quedaba más remedio que decir aquello de: “Hijo, eso es dogma de fe, si te lo quieres creer te lo crees y si no…”

Nadie podía imaginar que aquel treintañero apostado en la cervecería Sterneckerbräu de Múnich en un mitin del Partido Obrero Alemán, tras lanzar su primera y sorpresiva arenga, se acabaría convirtiendo no solo en el líder del mismo si no que incluso llegaría a alcanzar la cancillería alemana. Aquel joven se llamaba Adolf Hitler y no había acudido allí de motu proprio si no que, curiosamente, había sido enviado a espiar al partido por orden de la policía, creyendo que se trataba de un nuevo partido de corte socialista. Nada más lejos de ello, el que más tarde se constituiría en el partido nazi alemán, era una formación nacionalista surgida tras la derrota de Alemania en la Gran Guerra. Después, la excepcional verborrea de Hitler, el extraordinario aparato de propaganda de su partido, las onerosas sanciones del Tratado de Versalles y por último la Gran Depresión de los 30, acabarían constituyendo un magnífico caldo de cultivo para que la vehemencia nacionalista terminara alumbrando la 2ª. Guerra Mundial.

Nacionalismo y religión. Probablemente, si echáramos mano de estas dos cuestiones, estaríamos ante los dos argumentos que más escenarios de violencia han desatado en la historia de la humanidad. No hay que escarbar mucho en el tiempo para dar prueba de ello en nuestro entorno próximo. Basta trasladarnos hasta la década de los 90 del siglo pasado a los Balcanes, para comprobar como la irracionalidad fruto de la exacerbación de unos sentimientos casi románticos, lejos de cualquier pragmatismo, y entre los que se hallan la patria y sus símbolos –banderas, escudos e himnos-, puede terminar en un inusitado episodio de violencia extrema. Tal como en el caso de las religiones cuando vemos personas quemarse a lo bonzo o como un yihadista es capaz de enfundarse un cinturón de explosivos  para arrancarle la vida a un grupo de pretendidos infieles a costa de sacrificar la suya propia. Y todo por un sitio en el paraíso.

Decía Einstein que el nacionalismo es como una enfermedad infantil, el sarampión de la humanidad. Y no andaba falto de razón. Lo estamos presenciando ahora en España donde la incapacidad de afrontar semejante dolencia desde la cordura, hace que millones de personas se dejen arrastrar por el desenfreno. Henos aquí en un nuevo episodio de la historia donde la culpa es del otro, desde aquellos que se enfrentan a las fuerzas de seguridad a esos que las jalean de manera temeraria.

No, no voy a hablar hoy tampoco de Cataluña, aunque no sea menos cierto que a aquellos que reclaman dialogo, por encima de mezquinos intereses electorales, unos les llaman traidores mientras los otros les tachan de cobardes.



martes, 19 de septiembre de 2017

¿Son los bolardos la solución?

El mes pasado hemos asistido a un episodio más de violencia extrema de los que vienen recorriendo el suelo europeo en los últimos tiempos. Una auténtica tragedia, fruto de la vehemencia religiosa que hace del caos y del drama humano su sino, volvió a fraguarse está vez en Barcelona y en la pequeña localidad tarraconense de Cambrils. Del mismo modo y de forma general cada vez que se produce un atentado de características similares en cualquier país europeo no faltan instigadores que incriminan, de una manera u otra, a las autoridades civiles y policiales por no haber puesto las medidas suficientes para evitarlo…

domingo, 10 de septiembre de 2017

La crispación o cómo sacar provecho de ella

A pesar de creer en el derecho a decidir de todo ciudadano para elegir su patria y su destino, hace tiempo que convine en no escribir más sobre la cuestión catalana ya que al albor de los acontecimientos que han ido sucediéndose en todo éste tiempo y que al día hoy rayan en lo absurdo, me reafirmo aún más en que la misma es sólo la resulta del uso mal intencionado de un sentimiento, quizá incluso más romántico que pragmático, que ha usado buena parte de la antigua Convergencia para tapar sus vergüenzas en forma de infinitas tramas corruptas y su pésima gestión de la crisis económica.

Una misma cuestión que, por su parte, viene usando el gobierno del Partido Popular para desviar la atención de sus fechorías, obviar el escalofriante aumento de los desequilibrios sociales y afianzar a su electorado a base de efervescencia nacionalista. Dicho de otro modo, un nuevo “Gibraltar español” con el que sustentar un techo electoral que debiera haberse resquebrajado ya ante sus numerosas tramas corruptas y el deterioro general de las condiciones de vida para la mayor parte de los ciudadanos.

Lo que sí que me interesa expresar ahora es mi perplejidad y cierta inquietud que me produce el grado de crispación de una parte de la sociedad española en relación a este asunto y que, desde ambos lados, se sigue alimentando sin el más mínimo pudor. Resulta inconcebible que en el seno de lo que se presuponía una sociedad avanzada como lo era la española, después de siglos de letargo, parecía que se había adquirido la capacidad de dialogar sin necesidad de echarse los trastos a la cabeza. Por eso y como quiera que no puede entrar dentro de lo racional el que los responsables tanto del gobierno de España como del de Cataluña, lleven años sustentando un problema meramente político como éste mediante un eterno brindis al sol, ruedas de prensa y medios de comunicación, sin sentarse a dialogar de manera franca, razonada, tan perseverante como sea necesario y sin tener que recurrir a los tribunales de justicia, todo ello da una idea más que sobrada de lo poco que interesa realmente el caso más allá de un puñado de votos y una extraordinaria maniobra de distracción.

Varios años de refriega dan para mucho, y queda claro que el daño ya está hecho. No sabemos cómo acabará esto y si algún día podrá ser reparado en la forma debida. Mis felicitaciones a los asesores de imagen y diseñadores de campaña de las dos partes porque han conseguido que el linchamiento público en cada una de sus modernas modalidades, vuelva a campar a sus anchas esta vez a través de las redes sociales y demás maneras de expresarse. No solo en la política, en el deporte y en cuantas manifestaciones de la vida diaria pueda darse el reproche mutuo se ha convertido en un arma arrojadiza constante.

Lástima que sus miles de fervientes seguidores no pongan el mismo ardor en criticar la falta de empleo, la precariedad, los salarios de miseria o esos 40.000 millones que nos han robado los bancos, que nos prometieron que devolverían, que nos han acabado quitando de la cartera y que hemos sufragado en definitiva con nuestro sacrificio, por poner sólo uno más entre tantos y tantos ejemplos.

Por mucho que la historia de la humanidad nos recuerde una y otra vez que el culto a la patria solo ha servido para generar odio y violencia, la palabrería e intereses de unos pocos acaban sacando a flor de piel los más bajos instintos de muchos.


sábado, 15 de julio de 2017

Calores

Después de una jornada por encima de los 45ºC, me decía llegando a casa mi mujer sí seríamos capaces de imaginar la vida de todas esas personas en países asolados por el hambre, la miseria o la guerra de los que huyen día y sí y otro también, dispuestas a arriesgar la vida atravesando el mar de manera tan incierta.

Poco menos que un carajo le respondía yo y sí no ahí quedan esos varios millares de ahogados que se ha llevado ya este año el Mediterráneo, fosa común e improvisada de miles  de cadáveres de ese otro mundo, a los que la alta tecnología de toda una súper-potencia de primer orden como es la Unión Europea, cuando se trata de salvar vidas, a ellos les pasa de largo. No hace mucho venían a insinuarlo algunos dirigentes europeos, entre ellos un ministro sevillano: “absténganse las ONG de tanto esfuerzo por rescatarlos…” que con la implicación de las mismas en medio de semejante duelo, parece que la lotería de la vida distribuye más participaciones entre tanto desarraigo.


La verdad que algunos que airean sus sentimientos más viscerales tras el parapeto de las redes sociales invocando el drama de esos desdichados, incluso les desean la muerte sin el menor recato ya que dicen vienen a quitarnos el trabajo, hacer este más precario y a beneficiarse de nuestras prestaciones sociales sin el menor reparo. Lástima que nunca se acuerden éstos mismos de dónde vinieron las tripas de su teléfono móvil desde el que invocan semejante alegato, las bermudas que les hacen de taparrabos o las pantuflas con las que evitan el calor del asfalto. Aunque siempre les quedará aquello de que para vivir bien unos cuantos hace falta que los demás se quiten el hambre a tortazos.

En mi caso siempre dije que el problema no es una suerte del Mediterráneo sí no que queda mucho más abajo donde el drama se gesta desde hace años. Pero claro, arreglar aquello nos haría más costoso el susodicho taparrabos, esas mismas chancletas y no podríamos ir cambiando de celular de año en año.

Por cierto que, en este batiburrillo de cosas que me acuden a la cabeza entre golpe de calor y la sombra del aire acondicionado, vuelve a producirme vergüenza con qué facilidad derrochan cinismo algunos de nuestros más insignes políticos y sus palmeros de diario. Volcados con el drama de Venezuela -lo que es de agradecer en un país del que hasta ahora sólo se supo de sus misses y telenovelas-, ninguno de ellos ha debido darse cuenta o es que ni siquiera se han atrevido a propinarles un tirón de orejas, a sus homólogos en China tras la muerte de Liu Xiaobo, disidente y Nobel de la Paz, después de una vida de lucha en favor de la libertad y la democracia de tan gigantesco país. No sé de ningún ex-primer ministro que fuera a mediar a favor del mismo o escuché alguna palabra con dureza de nuestro gobierno o del de nuestros poderosos vecinos allende de los Pirineos acerca del tiránico régimen que asola ese país desde hace décadas.

Liu, consagrado como uno de los intelectuales más importante de China en los 80, abandonó la universidad de Columbia en 1989 para unirse a las revueltas estudiantiles de Tiananmen. Desde entonces su vida fue de continuas idas y venidas entre condenas y agravios en su lucha por la libertad del pueblo chino. Aun pudiendo exiliarse prefirió seguir en la brecha lo que le costó que una silla vacía recibiera el premio Nobel en 2010. Hace solo unos días Liu Xiaobo ha muerto casi en la soledad de un hospital donde había sido trasladado desde la cárcel para poner a fin a su otra lucha, la del cáncer.

Para nuestros favoritos de la China, amigos de lo más excelso de nuestros gobernantes, se les ha quitado un dolor de cabeza, para el resto de chinos, de esa otra China que sigue siendo una gran olvidada, se les ha quebrado una vía hacia la libertad.

Será “la caló” que quizá nos hace ver cosas que a nuestro amigo de las redes sociales, aquel que decía que para vivir unos pocos es mejor que al resto les sigan dando, a buen seguro que le importan un carajo. Al fin y al cabo a España le va bien, sí no véanlo ustedes en el telediario.


martes, 20 de junio de 2017

Ni trono, ni rey... pero sin acritud, claro está.

Vaya por delante que no tengo ninguna animadversión personal contra los Reyes de España, sus padres e hijos o demás reyes, duques, condes o príncipes europeos. Si acaso al de Mónaco por aquello de ser la última monarquía absolutista del continente aunque como quiérase o no el pequeño reino es lo más parecido a un cuento de hadas, tampoco démosle más importancia...

domingo, 11 de junio de 2017

La “causa general” del PP.

Acorralado por la justicia, calificado como “una estructura diseñada para delinquir desde su inicio", con casi todos sus tesoreros imputados por la misma –solo se ha salvado Romay Beccaría-, con su presidente y presidente del gobierno a unos días de ser interrogado en un tribunal, con buena parte de su cúpula histórica y reciente inmersa en innumerables procesos judiciales e incluso con figuras de renombre entre rejas y acuciado por todo el conjunto de la oposición política, solo queda preguntarnos ¿hasta cuándo podrán aguantar el gobierno y el Partido Popular?

Los populares no se cansan de tachar de “causa general” semejante asedio pero no es menos cierto que no puede ser de otra manera cuando esos “casos aislados” que se atrevió a pronosticar el propio Mariano Rajoy, se han convertido en toda una generalidad al uso de su partido desde la misma fundación del mismo. Entre ellos el del propio Rajoy cuando era su vicesecretario general y director de varias campañas electorales que fueron financiadas fraudulentamente y al que veremos a ver cómo puede esquivar las preguntas del juez en los próximos días. Ahí no le valdrán su pésima oratoria y sus habituales despropósitos para con la prensa, si acaso el habitual “yo no sabía”, “me engañaron” y todas esas etiquetas con las que pretende aparecer ante la opinión pública como una víctima fruto de la ignorancia más supina lo que, en el mejor de los casos, le inhabilita igualmente para dirigir una entidad de esa índole y menos aún el gobierno de todo un país.

Ese “todos son iguales”, con el que la propaganda mediática al servicio de los populares pretende justificar tal ignominia y que de paso sirve para dar alas a una cada vez mayor desregulación a propuesta de los grandes capitales y las grandes empresas, solo puede servir ya para mantener vivo el aliento entre sus más fieles. La decidida actuación de la justicia frente al caso de los ERE de Andalucía o de la familia Puyol en Cataluña son buena prueba de ello. Y solo entre los más acólitos pueden resultar comparables casos como el del asistente de Echenique o la beca de Errejón frente a las consumadas tropelías de Rodrigo Rato cuando era ministro de economía o presidente de Bankia o las barrabasadas de Ignacio González o Francisco Granados, todas ellas de proporciones millonarias.

Hace solo unos días, el mismísimo Tribunal Constitucional sentenciaba que la vergonzosa amnistía fiscal de 2012, avalada por el ministro Montoro, fue ejecutada de forma inconstitucional y legitimó de este modo la acción de infinidad de defraudadores, también en cantidades millonarias, que por poco más de un quítame allá esas pajas vieron blanqueadas sus fortunas. Y no solo eso sí no que el propio tribunal critica abiertamente que tales decisiones “afecten a la esencia del deber de contribuir al sostenimiento de los gastos públicos, alterando sustancialmente el reparto de la carga tributaria a la que deben contribuir la generalidad de los contribuyentes, según los criterios de capacidad económica, igualdad y progresividad”. Y señalando incluso que la denostada amnistía “viene a legitimar como una opción válida la conducta de quienes, de forma insolidaria, incumplieron su deber de tributar de acuerdo con su capacidad económica, colocándolos finalmente en una situación más favorable que la de aquellos que cumplieron voluntariamente y en plazo su obligación de contribuir”.

No hace mucho que, desde estas mismas líneas, hacíamos mención al “Caso Toblerone”, aquel por el que la vice-ministra sueca Mona Shalin tuvo que dimitir en 1995 por haber efectuado algunas pequeñas compras de carácter privado, entre ellas una tableta Toblerone, con su tarjeta oficial. Shalin, devolvió el importe gastado pero tuvo que abandonar la política, aunque volviera a retomarla años más tarde, perdonada por la opinión pública.

El Partido Popular lleva escondiéndose tras la bandera que dice liderar del frente contra la corrupción desde hace demasiado tiempo, el mismo en el que ha quedado palpablemente demostrado lleva torpedeando todas las acciones de la justicia en las que pueda verse implicado. Hasta inclusive intervenir directamente en la fiscalía y la judicatura como hemos visto no hace mucho. ¿Hasta cuándo? ¿Cuánto tiempo más puede sostenerse un gobierno así? En esa singular estrategia de Ciudadanos  por ocupar el lugar de los populares tras su viaje del centro izquierda a la derecha, mientras lo hostiga continuamente por sus múltiples tramas corruptas ¿cuánto tiempo más podrá servirle de muleta?

Que el sistema, tal como ha vislumbrado la crisis y la deriva que ha tomado la misma, está podrido en todo el occidente súper desarrollado es de una evidencia que en las circunstancias actuales y cara al futuro próximo podría tacharse de aterradora para las conquistas sociales logradas durante la segunda mitad del SXX. En España estas llegaron más tarde y solo dio tiempo para quedarse a medias pero, en lo referente a la corrupción política ni siquiera parece que este país, tras 40 años de democracia, haya alcanzado el mínimo suficiente para combatirla.